¿QUÉ PASA DESPUÉS DE HABER VIVIDO EN TERRITORIO COMANCHE?
De la obra de Arturo Pérez-Reverte: Territorio Comanche mucho se ha dicho; pero no todo.
Se sabe ya, que estamos ante una obra que sacude la bandera del movimiento conocido como Nuevo Periodismo, puesto que posee la exactitud del hecho pero el impacto emocional que podemos encontrar en la ficción, gracias a los recursos literarios con las que trabajó el autor.
Ya ha sido comentado el lenguaje informal y simple que el autor empleó para narrar; y estudiados, los personajes principales de ésta obra: Márquez, el camarógrafo y Barlés, el cronista. Es más, por declaraciones propias del autor, es de conocimiento masivo, que él, es Barlés.
Y sobre los puntos de vista que Reverte utilizó, sobre el tema y los valores principales que esta obra enfatiza…pues, glosa sobra.
Pero alguien en su sano juicio, desligado de sus poses de crítico literario o desprendido de las emociones con las que la novela pretende atraparnos… ¿la ha analizado con un enfoque psicológico? ¿Algún lector se ha advertido a sí mismo que Territorio Comanche guarda en sus entrañas el perfil psicológico del llamado corresponsal de guerra? Más aún, alguien, con visión psicológica y proyectada, luego de leer la obra de Reverte, se ha puesto a pensar en ¿cómo sería la vida y el estado emocional de los protagonistas después de jubilarse de corresponsales de guerra, luego de haber convivido con la muerte y las desgracias humanas, si es que Pérez-Reverte hubiese escrito Territorio Comanche 2?
¿Alguien se lo ha preguntado?
La breve historia que se nos cuenta presenta a un camarógrafo, y a un cronista en medio de la Yugoslavia de los primeros años 90, dividida por los conflictos raciales y las guerras de exterminio. Corta como es, la novela se centra en una simple anécdota: el camarógrafo quiere grabar la voladura de un puente, y el cronista teme que los maten en el intento.
Mientras llega la voladura del puente, recordarán momentos vividos en ésta y otras guerras, todas parecidas, todas horribles, con distintos protagonistas y las mismas desgracias: soldados muertos con parecidos rostros, familiares esperando noticias del frente, niñas violadas, templos sagrados profanados.
Así, nos damos cuenta que la visión del libro no es la del soldado resentido ni la del político apolillado, sino que es simplemente, el ir y venir de una vocación: corresponsal de guerra.
Ésta es la historia de dos compañeros que han pisado tantos muertos como países en conflicto. Las imágenes se repiten, y entre más crudas son para el lector, más indiferentes para los protagonistas, para quienes su mayor preocupación es que la noticia se cubra a tiempo.
Este es el perfil psicológico de un corresponsal de guerra cuya inteligencia emocional, de la manera más cruda, la demuestra. Con un conocimiento de sus propias emociones y de cómo los afectan; con autocontrol, que les permite no dejarse llevar por los sentimientos del momento; con automotivación, con la cual dirigen sus emociones hacia un objetivo y fijan su atención en las metas en lugar de los obstáculos; y con empatía, para reconocer las emociones ajenas, las de su compañero corresponsal, en medio de la guerra.
No son periodistas como los demás. Se desplazan a los lugares más calientes del planeta para contarnos en primera persona lo que allí ocurre. Nos hacen llegar sus crónicas en medio del peligro y nerviosismo que produce el jugarse la vida todos los días. El drama entre los reporteros es que no puedes admitirlo, por mucho riesgo que envuelva una zona en guerra, te sientes como un desertor si no vas. No tiene nada que ver con la redacción, el director o los lectores; es algo más profundo y personal.
Pero ¿qué es lo que en el fondo los lleva a estar allí? Pues les apasiona la historia, vivirla para poder contarla.
El contar un conflicto con imágenes y palabras, no es tarea fácil. Exige valentía, mucha sensibilidad y es una labor que tiene mucha historia detrás. No podemos olvidar que al principio eran los soldados los encargados de transmitir las noticias del frente. Desde entonces han sido muchos los periodistas que han dedicado su vida a ello e incluso la han perdido.
En Territorio Comanche, el periodista arriesga su vida por una buena toma y por una historia que la acompañe. Pero culminados ya, sus años de servicio como corresponsal de guerra ¿qué pasa con el periodista jubilado y qué pasa con las historias, las cuales persiguió y por las cuales arriesgó su vida?
Los periodistas de guerra son un grupo muy interesante para estudiar, psicológicamente. Durante años acuden una y otra vez a zonas de conflicto y sin embargo no han tenido ningún tipo de entrenamiento en violencia, como el que reciben los soldados.
Lo increíble, es que los medios de comunicación envían a esta gente a las zonas de guerra, sin tratamiento psicológico, y luego no esperan que haya consecuencias.
Últimos estudios psicológicos han revelado que uno de cada cuatro corresponsales de guerra sufre el síndrome de estrés postraumático.
El trastorno de estrés postraumático, es una condición debilitante, que a menudo se presenta después de algún suceso aterrador por sus circunstancias físicas o emocionales, que hace que la persona que ha sobrevivido ese suceso tenga pensamientos y recuerdos persistentes y aterradores de esa terrible experiencia.
Terribles experiencias como las que vivieron los protagonistas de Territorio Comanche, que no son más que personas reales han dejado de ser corresponsales de guerra. De estos dos compañeros, que han pisado tantos muertos como países en conflicto, no sabemos cuál es su estado emocional, no sabemos si lloran a solas, deprimidos, irritados, inquietos. No sabemos si ahora el Territorio Comanche los consume por dentro
El camarógrafo Márquez, cuyo nombre en la vida real es José Luis Márquez, actualmente se dedica a la dirección de cámaras en trabajos cinematográficos. Por otro lado, su fiel compañero, Barlés, o Arturo Pérez-Reverte es columnista en un diario español y también se dedica a la producción literaria.
Para un corresponsal de guerra es una suerte ir contando la historia a medida que fluye. Él vive miedos, muertes, pero estas cuestiones no son para glorificarlo, ni mucho menos para atormentarlo por el resto de su vida.



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