Es cierto, es un artificio, pero no me quedó de otra. Lastimosamente, no siempre es recomendable ese estilo que tanto alberga de coro de iglesia como de poeta en vacaciones. Sin embargo, qué otro podría ser el más apropiado si habláramos justamente de aquella experiencia que me invitó a reconciliarme con mi primera afición.
No por desarrollarla yo, sino por encontrar que ella, como la mejor semilla que pueda existir, había germinado en unos entusiastas jóvenes, como la tierra más apropiada para cualquier buena siembra. Y en el horizonte de una vida lindante con la precariedad, por un lado, y, por otro, con el peligro, descubrieron la posibilidad de utilizar lo mejor de sí mismos para mejorar.
Por eso, lo que me sucedió hace algún tiempo, merece contarse. Caminaba con más cautela y prisa que otros días por las calles de El Porvenir –donde conviven a un mismo tiempo las arenas y la inseguridad- cuando llamó poderosamente mi atención un murmullo tan serio como limpio que en nada me pareció humano. Personalmente, yo no sé mucho de las sirenas y hasta dónde leí, ellas utilizan sus deliciosos cantos para atraer a los nautas y devorarlos sin que ellos puedan reaccionar. Pero entonces, olvidé untar mis oídos con la homérica cera y, sin reparo alguno, me dejé guiar por el sonido.
Muchas cuadras. Varias esquinas. Pasé por el mercado del lugar que parecía estallar por el exceso de gente, pero nada podía detenerme. Sorteé todos los obstáculos: quinientas verduleras que ofrecían sus productos sobrevaluados –pues dicen que es la crisis del petróleo- y cinco millones de caseros que se amontonaban para escoger bien las cebollas o el tomate. Llegué finalmente hasta un muro de adobe tras del cual se oía con la nitidez de la fuerza y cierto desgarro aquella voz que, como dije antes, en nada me pareció humana. Avancé hasta el final de la pared y volteé muy calladito para sorprender al duende.
http://www.arpegioperu.org/espanol.htm Un niño con los ojos cerrados blandía con inesperada prestancia el arco de un cello mientras éste respondía con grave acento a sus demandas. Lo miré durante… no sé cuánto tiempo lo contemplé; afuera seguía la vida como siempre, el mercado parecía un campo de batalla o una caldera a punto de estallar y la misma estación fría castigaba al avezado transeúnte. Yo permanecía en pie, observando cómo ese pequeño deshilvanaba la meliflua madeja. Al fin, el niño advirtió mi presencia y detuvo la música.
-¿De dónde eres? No había malestar ni esa extrañeza tímida en su pregunta, sino una grata serenidad y mucha, mucha curiosidad. En vano sería explicarle –pensé- que más allá de los humildes adobes, que de seguro era lo único que conocía, existía un lugar, tal vez no muy distinto, llamado California. Que frente al Wong de allá y otros datos que no vienen al caso. Le pregunté por el cello. -¿Es tuyo? -Me lo han prestado. Que Joe y Diego Rodríguez le enseñaron a tocarlo y que había otros chicos todavía aprendiendo. Se levantó y caminó hacia el frente. Otra sirena. Yo la seguía.
No muy lejos, y apoyados en otra pared, un grupo de chicos de diferentes edades parecían esperarnos. Más cellos y también violines. Todos tenían un instrumento en las manos. Todos seguían las indicaciones de un hombre de mediana estatura. Cuando se dio cuenta de que lo miraba, avanzó hacia mí y me saludó afectuosamente. Luego de rápidas preguntas, tenía la información precisa. Joe y Diego son hermanos. Habían nacido aquí, en Trujillo, de padres trabajadores y de naturaleza pujante. Casualmente, su padre era profesor de música. Desde muy pequeños ambos se vieron inclinados a jugar con sonidos antes que con carritos o muñecos y, a medida que crecían, desistieron de cualquier otra opción. Sus padres consintieron y apoyaron su formación musical, que se realizó en Alemania.
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Diego Rodríguez en el salón de un colegio de El Porvenir
-Cuando regresamos a Trujillo, vimos niños limpiando carros, en la calle como recicladotes o simplemente en abandono, deambulando por ahí. Sentimos mucha pena por esa situación. Sabíamos que debíamos hacer algo. El grupo Arpegio es idea suya y congrega a músicos de la Orquesta Sinfónica. Como en las mejores y más potentes sinfonías, cada día era reconocido el timbre del proyecto, cuyo registro alcanzaba las más altas notas tenidas: el sueño de una orquesta juvenil.
La idea no era descabellada, si se piensa que en aquel distrito, la mayoría de sus habitantes se encuentran entre la espada y la pared. O más bien entre el cuchillo y el final de un callejón. La volunta de los hermanos Rodríguez, músicos profesionales –hablaba entonces con Diego, violinista-, era la de romper con todas las otras disyuntivas que no fueran la de escoger entre los vientos o las cuerdas. En el Porvenir, como en otros distritos alejados del centro de Trujillo, podía respirarse el eterno drama de una vida que resumía sus páginas en la lucha por sobrevivir o caer. Y no hay más remedio y en todos los lugares imaginables de este mundo, la contienda se repite día a día; sin embargo –me comentaba Diego Rodríguez- se trata de ofrecer a muchos jóvenes la oportunidad de elegir un modo distinto para salir adelante, algo que no atente y que nos haga mejores y humanos.
Alexis –así se llamaba el niño que encontré en mi accidentado pero feliz travesía- me contó que le gustaría tocar en una orquesta, que amaba el cello como se ama a un amigo especial y que si bien estudiaba porque sus padres se lo pedían, lo único que le interesaba leer eran esos garabatos –para mí escasamente comprensibles- de figuritas negras que evocaban las más dulces melodías, historias, sentimientos o qué sé yo. Hay tantas cosas que nunca se dicen, pero se dicen. Y aquí las que huelgan son las palabras.
Comprendí algo con esta visita no programada. Yo también podía ser un músico. Demostré ser un terrible y muy mediocre intérprete –lo supe otra vez desde que todos me abuchearon por mi forma de coger el violín-; pero mi muy mortal barro también quería cantar y auné su voz, que era la mía, a esta orquesta. Desde entonces, no podía ser el mismo, ni mi concepción del estilo, ni mis temas, ni nada que estuviera ligado a esta rapsodia que es vivir en un mundo con los demás.
http://www.arpegioperu.org/espanol.htmAlexis, hoy en día, es profesor del grupo Arpegio
Desde el primer encuentro han pasado cuatro años. Tantas lunas, soles, lluvias y estaciones alimentaron a la simiente. Cuando tuve oportunidad de reencontrarme con Alexis, era ya el profesor de otros chicos. La Orquesta de Barro había nacido hace tres años gracias a múltiples esfuerzos y hasta el grupo Arpegio recibió el premio nacional “Integración y Solidaridad” de RPP. Crearon su propio coro. Han tenido muchísimas presentaciones y siguen forjando una trayectoria impecable en muy poco tiempo. Si bien se hace mucho por la juventud, aún queda más por hacer. No sólo en El Porvenir, sino también en otros distritos, existen otros Alexis que, como él hace cuatro años, acarician un sueño que, pese a mil y un adversidades, no conoce los bemoles.



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