juan lavado
Centro Poblado Alto Trujillo
Felipe, a quien su madre llama cariñosamente Chato, es un niño de baja estatura pero de gran ánimo. Su rostro muestra una densa calma y una contagiante sonrisa, sus ojos castaños descansan bajo la sombra de sus prominentes pestañas. A sus 14 años ya tiene la motivación necesaria para entregarse de lleno por algo que él cree importante y necesario. Su contextura es delgada, quizá le falta una buena dieta –o no recibe ayuda del vaso de leche, por sobrepasar la edad requerida-. Muelas, como le llaman sus amigos, aún cursa estudios de secundaria y a pesar que desea trabajar con su padre está prohibido de hacerlo; debe dedicarse a estudiar para que progrese y ser mejor que su progenitor, le dicen.
Encuentra las viejas zapatillas, una no tiene pasador; sale apresurado hacia el patio y desata una tira del palo que conforma una de las cuatro columnas que sostiene el techo de su vecino: “Con esto basta”. Su madre acaba de salir a vender comida en las afueras de un colegio de la ciudad y su padre, ayudado de un carrito, fue a vender emoliente en una calle concurrida de El Porvenir; su abuelo, descansa sobre un felpudo tirado en el suelo improvisando una cama. Felipe sale presuroso a través de una cortina de plástico y se dirige corriendo en dirección al cerro Las Cabras. Como la penumbra que reina en el ambiente dificulta la visión, es difícil encontrar a sus amigos para acompañarse unos a otros; pero, lo logra. Unos descalzos, otros con sandalias, algunos con llanques y pocos, como él, trota con zapatillas. Todas las mañanas al promediar las 5, buscan algo de abrigo para evitar el frío, tratan de cubrir sus pies con algún calzado que evite cualquier posible incisura –los vidrios y la basura se camuflan por doquier- y, evitando los perros y sus ladridos, se encuentran implícitamente para correr por las faldas de la montaña que le sirve de entrenamiento.
De regreso, luego de 2 horas –en promedio –de extenuantes faenas de resistencia, velocidad y acrobacias, recorren las pequeñas manzanas del vecindario, levantadas en su mayoría de palos, felpa y esteras cubiertas de plástico –indispensables para evitar coladeras de lluvias-; elevando polvo por su camino y encendiendo las alarmas caninas descienden rápidamente. Todos no pueden evitar girar la cabeza al pasar por la Academia –cada uno empieza a imaginarse dentro de un cuadrilátero con un bizarro oponente, una pelea sin igual, una gran pelea; claro, en todas, siempre victoriosos-: “Hoy nos quedamos hasta las 10 sino, el que se quita, es un ‘caisa”.
Alto Trujillo se ubica al noreste de la Provincia de Trujillo. Se encuentra asentado en las faldas del Cerro Las Cabras en el Distrito El Porvenir. Cuenta con un 80% de cobertura en servicios de agua potable, alcantarillado y electrificación y tiene un nivel básico de equipamientos comunales, en proceso de implementación progresiva. El centro poblado cuenta con 14 barrios donde viven más de 50 mil habitantes. De conformidad con lo dispuesto por la Ley Nº 27972, Ley Orgánica de Municipalidades, el concejo provincial de Trujillo -con conocimiento de la municipalidad distrital de El Porvenir- acordó por unanimidad aprobar la Ordenanza de Adecuación de la Municipalidad del Centro Poblado "Alto Trujillo". De esta manera, se permitió que a dicha comuna se le asigne el 0.7% del Fondo de Compensación Municipal (FONCOMUN) que le corresponde al distrito El Porvenir.
Felipe transpira, su respiración es rápida y honda, abre el plástico y va hacia su abuelo. Sus hermanos ya desayunaron, sólo falta el abuelo y él. Después de desayunar una infusión acompañada de algunos panes se disponen a hacer las tareas. Así pasa la mañana. A la hora indicada es momento de acudir al colegio Ramón Castilla.
De improviso –al retornar del colegio- llega y saluda sin corresponder a la mirada de sus padres. “También irás hoy hijo. Tu hermano Carlos quiere conocer, así que llévalo. Cuídalo mucho”, al padre del Chato le gusta la idea de que su hijo practique un deporte. No importa si es boxeo, pero prefiere eso a las malas juntas o a los vicios.
Una luz amarillenta se escapa por las ventanas y descubre algunos rostros conocidos del barrio, ellos están mirando hacia adentro muy atentos, unos niños han encontrado piedras y las han apilado para crecer y observar con cautela. Felipe llega al umbral de la entrada y se detiene –su hermano le alcanza y le toma del brazo sin dejar de curiosear el recinto-, es tarde y lo sabe. “¿Qué pasó Muelas? Así estamos mal. La disciplina es lo primero ya te he dicho muchas veces. El que quiere quedarse debe obedecer las reglas; de lo contrario, ya sabes… La clase empieza a las 7 de la noche, en punto.” “Sí profe, perdone, estuve buscando pasadores para amarrarme las zapatillas. Usted dijo que debíamos traerlas siempre para entrenar. Además mi pa’ me mandó con mi hermano y él camina muy despacio.” Su hermano echa un vistazo panorámico. El local está pigmentado de un color cálido y nadie que lo habita parece tener frío. Las paredes aún no están tarrajeadas, son de ladrillo y concreto, al igual que el techo. El piso falso se muestra escaso para sostener a todos los jóvenes que lo ocupan; hay pequeños sectores en donde se han distribuido áreas de ejercitación: un lugar para saltar soga, uno para alzar pesas, otro para flexionar y estirar, y otro –de donde penden tres sacos de arena sostenidos por la columna de concreto –exclusivamente para golpear talegos, es el más demandado por los nuevos alumnos de la Academia de Box. En el sector más iluminado, y ventilado además, se extiende una superficie cuadrada superpuesta de 9 metros de área. En sus ángulos se alzan perpendicularmente sendas varas de hierro cubiertas de un material grueso y consistente; de ellos se suspenden cuatro hileras de soga, paralelas entre sí, atadas de tal manera que se encuentran tensas. Allí arriba están las dos bombillas que irradian el cuadrilátero. En la zona donde saltan soga, hay un muchacho de chompa gris, short rojo, zapatillas de diferente color y sin medias; su mirada permanece en un punto inmóvil de la pared y el sudor de su frente no lo perturba; otro muchacho, que está junto a él sentado sobre dos ladrillos va contando: trece, catorce, quince… Cerca de un rincón están colocados sobre una tabla horizontal varios hierros, pesas, despintadas y oxidadas –se deben coger con cuidado, podrían producir ampollas-; los adolescentes se ríen al no sobrepasar las 20 flexiones del brazo en cada carga, cambian con la derecha y regresan a la izquierda de nuevo. En la zona más afirmada están la mayoría de jóvenes que no alcanzaron sogas o algunas pesas; boca abajo, flexiona los brazos y con un jadeo forzoso va contando mientras observa las gotas de sudor que humedecen el suelo; ajeno a esto, otros chicos están en cuclillas con los brazos unidos detrás de la cabeza, se levantan, expiran, bajan, aspiran. Solo un par de muchachos salpican sobre la opaca lona azul, lo hacen agitando los brazos –como si tratasen desprenderlas del cuerpo-, sus manos están cubiertas con guantes grotescos, amoblados e hinchados, de boxeo; no existe contienda, solo se miran, se miden, buscan un lugar del cuerpo desprotegido del contendor por donde penetraría un certero golpe, se observan uno al otro y se sonríen: “Ya te cansaste creo, porque ya no te mueves como hace rato. Deberías saltar soga”.
Felipe le indica a su hermanito en donde debe colocarse. Cerca de la ventana, de pie, tratando inútilmente de servir de cortina para evitar las miradas de los curiosos que se asoman por las ventanas. El entrenador, Rafael Sifuentes, Don Rafa para los niños, les dice que se formen para iniciar la clase. El calentamiento ya terminó.
juan lavado
Jóvenes del Barrio 5 de Alto Trujillo
“Haber muchachos, antes de empezar les quiero comunicar que nos han donado una serie de cosas para nuestra Academia, que están en el almacén. El señor Alfredo Larios (presidente del IPD – LL que recibió del presidente del IPD, Arturo Woodman Pollitt, un kit de boxeo valorizado en S/. 2316 nuevos soles, de acuerdo con el Programa de Talentos Deportivo) le entregó a nuestro teniente alcalde, Ángel Alvarado Burgos: un par de guantelas de artes marciales, guantelas de cuero para boxeo, un par de guantes para box de cuero de 10 onzas, un protector de cabeza (cabezales), una unidad de saco de cuero PVC reforzado para Box 1.00 x 35 cm., saco para boxeo de cuero de 1 m. x 0.35 cm. de diámetro, rellenos y con sus cadenas para colgar, un saco para golpear de cuero 1.50 mt.; y un par de vendas de tela de 4 mt. Así que vamos a tener mucho cuidado para utilizarlo. Todos aquí somos responsables si se pierden las cosas, pero como yo confío en ustedes sé que eso no va a pasar. Listo. Entonces al ring.” El profe es un señor moreno de baja estatura y ya ha empezado a caérsele el pelo. Su trato es amigable y se dirige calmado hacia los niños, guardando siempre respeto; él dice que un amigo motiva más que un profesor reacio.
Le indica al Chato y a un joven, de constitución análoga, para que se pongan los guantes. El Profe les dice que sólo vale en el pecho, abdomen y los costados del rostro; en las costillas aún no. Les sugiere un trote suave y rítmico: “Tres derecha y dos izquierda, lento no más. Cúbranse, con los brazos a la altura del mentón y guarden la cabeza. Guarden la distancia, dos pasos. Ataquen si se regala. Suave no más”
Más tarde, al llegar las 10 de la noche, Don Rafa suspende la clase y les anima a venir el día siguiente. Carlitos le dice a su hermano que quiere boxear también. Felipe camina presuroso –retornando a su casa-. No hay mucha luz y los vigilantes de pasamontañas negras le miran de reojo, portan un rifle en la espalda. El Chato mira fijamente la arena al pasar, trata de pisar las piedras del camino para no llenarse de arena –sólo se secará el sudor para dormir-. “Si quieres, entonces mañana sales conmigo a correr. Tempranito.”



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